Plantas con marca registrada

Aunque hayan pasado más de cinco años desde que se autorizó la siembra de transgénicos en Colombia, todavía parece oportuno hacer algunas observaciones que, para decir poco, escasamente se han tenido en cuenta.

Quienes venden semillas genéticamente modificadas aseguran que sus plantas no sólo son más nutritivas y más productivas, sino que requieren menos cantidades de herbicidas y agroquímicos; logrando con esto disminuir el impacto ambiental al tiempo que se mejoran los ingresos del agricultor y el nivel del campesino. Pero suponiendo que estas afirmaciones fueran ciertas… ¿Hay algo más que deberíamos saber de estos cultivos?

Para responder a esta pregunta habría que empezar por decir que la problemática de los transgénicos comprende tres campos, a saber: Salud del consumidor, impacto ambiental y transformación del alimento en propiedad intelectual.

Salud del consumidor
Se ha comentado mucho acerca del posible riesgo que conlleva incorporar a la dieta esta clase de alimentos. Alergenicidad, reacciones tóxicas y mayores cargas residuales de herbicidas como el roundup (para las cosechas de cultivos roundup-ready) son algunos de los peligros más mencionados.

Buena parte de esta reticencia se debe menos a los riesgos que se conocen que a la desconfianza general que hay en torno a los datos favorables que se tienen, pues se sabe que las empresas productoras de estas semillas han invertido sumas millonarias que esperan recuperar tan pronto como sea posible.

La historia legal de estos productos comienza en Estados Unidos. Desde comienzos de la década de los noventas la FDA (Food and Drug Administration) autorizó la comercialización y el consumo de alimentos transgénicos partiendo de una premisa conocida como equivalencia sustancial— categoría entre otras cosas acuñada por Michael R. Taylor, funcionario que pasa de ser abogado de Monsanto a convertirse en comisionado de la FDA, cargo que ocupa unos años antes de regresar a Monsanto para trabajar esta vez como vicepresidente—, la cual quiere decir que todos los transgénicos que entran en esta categoría son equivalentes a sus homólogos naturales. Para ser considerado equivalentemente sustancial, un producto transgénico debe cumplir con unos resultados comparativos satisfactorios. El problema—como el lector ya habrá sospechado— radica en que la evaluación de dichos estudios recae sobre una entidad de vigilancia infiltrada por los mismos interesados en que estos productos se vendan.

Es de notar cómo el concepto de equivalencia sustancial resulta conveniente para promocionar cuan seguro es un producto modificado, para aprobarlo se dice que este es idéntico al natural; lo curioso es que esta distinción se esfuma en el momento de patentar la semilla y fijarle un precios, para estos efectos el transgénico es impuestos como un producto novedoso, nunca antes visto.

Lo cierto es que hasta ahora no hay datos sobre los efectos a largo plazo de estos alimentos en la salud de humanos o animales y, mientras tanto, la equivalencia sustancial se seguirá aceptando como una premisa que evita llevar a cabo estudios más minuciosos.

En Colombia ni el ICA ni el Invima, que en muchos aspectos es un calco de la FDA, tiene una posición frente a los transgénicos distinta a la de Estados Unidos.

Impacto ambiental
Quienes apoyan los transgénicos dicen en su favor que la mayor producción de alimento va a solucionar el problema del hambre y que la implementación de sus cepas conlleva una disminución en el uso de agroquímicos tóxicos. Esto por ahora no ha resultado ser cierto; al menos no si reparamos en la crisis de los agricultores en india con el algodón bt, ni en los problemas de salud en Argentina (segundo país después de EE.UU. con mayor área sembrada en transgénicos) a causa de las fumigaciones con glifosato. Además, ¿no resulta misterioso que una corporación como Monsanto, puesta en marcha para dar el máximo de ganancias, se le ocurra invertir millones de dólares en un producto que traerá como consecuencia una disminución en las ventas del roundup, su producto estrella?

Teniendo en cuenta que hace cinco años Andrés Felipe Arias avaló la presencia de estos cultivos en nuestro país, merece nuestra atención el hecho de que estas plantas puedan hacer entrecruzamiento con floras nativas así como con cultivos convencionales, dando lugar a plantas que podrían presentar algunas de las características del cultivo transgénico. Piense el lector en las consecuencias de una maleza resistente al roundup o en la desaparición paulatina de insectos que se expongan a pólenes tóxicos; recordemos la amenaza que ya se ha presentado en México, donde aparecieron plantas genéticamente modificadas en medio de cultivos convencionales gracias a una contaminación “accidental” efectuada a través del polen transgénico.

Alimento: Propiedad intelectual
Anteriormente los agricultores solían recoger y guardar las semillas provenientes de sus propios cultivos. Eso cambió gradualmente gracias a la sistematización de viveros y el advenimiento de plantas híbridos, cuya semilla, al no expresar los rasgos de cruce que hacen de la planta madre un espécimen particularmente provechoso, no es conveniente sembrar.
Pese a que comprar semillas para cada siembra se convirtió en una práctica usual en la agricultura contemporánea, muchos campesinos indígenas y agricultores no convencionales siguen guardando y sembrando semillas tomadas de sus cultivos, nadie se los prohíbe.

La situación cambia en el caso de las semillas genéticamente modificadas. Al adquirirlas, el sembrador debe firmar un contrato en el que acepta no recoger ni guardar la semilla del cultivo; de lo contrario se verá expuesto a una cuantiosa multa. Como resultado de esta cláusula corporaciones como Monsanto han constituido un cuerpo de vigilancia, integrado por investigadores privados y hasta por los mismos granjeros (en Estados Unidos existe una línea de denuncia al servicio de cualquier vecino), que se encargan de detectar plantas patentadas en cultivos de agricultores que no han pagado por esa semilla; si esto ocurre—tal como le ocurrió a Pierce Schmeiser, en Canadá— el agricultor muy seguramente enfrentará un pleito similar al que debe asumir cualquier infractor de derechos de autor. Esto se torna particularmente siniestro si recordamos que el polen de un cultivo transgénico puede atravesar distancias nada despreciables y dar lugar a plantas de este tipo al interior de cultivos convencionales, permitiendo que cualquier propietario de un cultivo “accidentalmente polinizado por plantas patentadas” sea blanco de un proceso legal en su contra.

La presencia de cultivos transgénicos entraña numerosas implicaciones. Tiende a olvidarse que mercado de semillas y mercado del alimento es la misma cosa; y, mírese como se mire, no resulta conveniente dejar algo de vital importancia para todos a merced de un puñado de corporaciones. Ahora no estaría mal que empezáramos a guardar las pocas semillas que todavía son nuestras.

Por: Camilo Velásquez
esfaleron @gmail.com

http://www.cronicadelquindio.com/noticia-completa-titulo-plantas_con_marca_registrada-seccion-general-nota-45893.htm

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