Aumenta la expansión militar de China

A pesar de que China preconiza el concepto de un crecimiento pacífico, es inevitable que el ritmo y el tenor de su modernización militar causen alarma. Mientras los Estados Unidos y las superpotencias europeas reducen su gasto militar, China parece tener la intención de mantener el aumento de un 12% anual de la década pasada.

Aunque su presupuesto de defensa es menor que la cuarta parte del presupuesto actual de Estados Unidos, los generales chinos son ambiciosos. El país va en camino a transformarse en el mayor inversor militar del mundo en unos veinte años. Gran parte de su esfuerzo está enfocado en disuadir a los Estados Unidos de intervenir en una futura crisis por Taiwán. China está invirtiendo fuertemente en “capacidades asimétricas” diseñadas para disminuir la capacidad estadounidense de proyectar su poderío en la región, que alguna vez fue abrumador. Este enfoque “anti-acceso y prohibición de zona” incluye miles de misiles balísticos instalados en tierra firma de gran precisión y misiles que se disparan desde cruceros, cazas modernos con misiles anti-buque, una flota de submarinos (tanto convencionales como nucleares), radares de largo alcance y satélites de vigilancia, y armas cibernéticas y espaciales destinadas a “cegar” a las fuerzas estadounidenses. Lo que más se comenta es un nuevo misil balístico que tiene la capacidad de colocar una ojiva maniobrable sobre la cubierta de un portaaviones a una distancia de 2.700 kms mar adentro.

China dice que todo esto es defensivo, pero sus doctrinas tácticas indican golpear primero si es necesario. En consecuencia, China tiene el objetivo de poder lanzar ataques sobre las bases estadounidenses en el Pacífico occidental y dejarlas inutilizadas, y empujar a los grupos de portaaviones más allá de lo que llama la “primera cadena de islas”, bloqueando el Mar Amarillo, el Mar de China Meridional y el Oriental en un arco que corre desde las Aleutianas al norte hasta Borneo al sur. Si Taiwan intentara una secesión formal del continente, China podría lanzar una serie de ataques preventivos para demorar la intervención estadounidense y elevar su costo de manera prohibitiva.
Esto ya ha surtido efecto sobre los vecinos de China, que temen que los atraiga a su esfera de influencia. Discretamente, Japón, Corea del Sur, India y hasta Australia están gastando más en defensa, especialmente en sus armadas. El nuevo “pivot” de Barack Obama hacia Asia incluye una clara señal de que los Estados Unidos garantizarán la seguridad de sus aliados. Recientemente llegó a Darwin un contingente de 200 marines estadounidenses, mientras que India formalizó la recepción de un submarino nuclear, alquilado a Rusia.
EN GUARDIA. La perspectiva de una carrera armamentista asiática es realmente alarmante, pero la preocupación prudente por el incremento del poderío chino no debe caer en la histeria. Por el momento por lo menos, China es mucho menos imponente de lo que dicen los expertos de ambos bandos. Sus fuerzas armadas no han tenido experiencia de combate real en más de 30 años, mientras que las de Estados Unidos han estado luchando y aprendiendo constantemente. La capacidad del Ejército Popular de Liberación (EPL) para llevar a cabo operaciones conjuntas complejas en un entorno hostil no ha sido comprobada. La fuerza de misiles y la de submarinos de China serían una amenaza para los grupos de portaaviones cerca de su costa, pero no más allá, por lo menos por un tiempo. Las operaciones en aguas azules de la armada china se limitan a las patrullas contra los piratas en el Océano Índico y al rescate de trabajadores chinos en Libia, devastada por la guerra. Podrán desplegarse dos o tres portaaviones pequeños, pero aprender a usarlos llevará varios años. Nadie sabe si el misil “carrier-killer” puede funcionar.
En cuanto a las intenciones de China a largo plazo, Occidente debería reconocer que no es de extrañarse que una potencia en ascenso aspire a tener fuerzas armadas que reflejen su creciente poderío económico. China destina a defensa algo más del 2% del PIB, lo mismo que el Reino Unido y Francia y la mitad de lo que gasta Estados Unidos. Esta proporción tal vez disminuya si se enlentece el crecimiento chino o si el gobierno se enfrenta a exigencias de un mayor gasto social. China bien podría usar la fuerza para impedir que Taiwan se escinda formalmente. Sin embargo, aparte de reclamar las Islas Pratly y Paracel, casi deshabitadas, China no es expansionista: ya tiene su imperio. Su política de no interferencia en los asuntos de otros estados restringe lo que puede hacer.
El problema es que las intenciones de China sean tan impredecibles. Por un lado China está más y más dispuesta a entablar relaciones con las instituciones mundiales. A diferencia de la antigua Unión Soviética, tiene un interés creado en el orden económico liberal mundial, y ningún interés en la exportación de una ideología que compita. La legitimidad del Partido Comunista depende de su capacidad para cumplir con su promesa de prosperidad, que se debilitaría en caso de una guerra fría con Occidente. Por otra parte, China trata con el resto del mundo en sus propias condiciones, desconfiando de las instituciones que cree que sirven los intereses occidentales. Su autoritarismo, especialmente en las disputas territoriales marítimas, ha crecido junto con su poderío. Los riesgos de un error de cálculo militar son demasiado altos como para caer en la complacencia.
CÓMO PREVENIR. Para China, es de interés el fortalecimiento de la confianza con sus vecinos, reducir la desconfianza estratégica mutua con los Estados Unidos y demostrar su voluntad de cumplir con normas mundiales. Un buen comienzo sería someter a arbitraje internacional las disputas territoriales sobre las islas del Mar de China Occidental y el Mar de China Meridional. Otro paso sería fortalecer organismos regionales prometedores como la Cumbre del Este Asiático y Asean Plus Tres. Sobre todo, los generales chinos deberían hablar mucho más con sus pares estadounidenses. Actualmente, a pesar de muchas iniciativas del Pentágono, los contactos entre las dos fuerzas armadas son limitados y estrechamente controlados por el EPL; los políticos los congelan ritualmente cuando quieren “castigar” a los Estados Unidos, casi siempre por alguna disputa sobre Taiwan.
La respuesta de los Estados Unidos debería combinar fuerza militar con sutileza diplomática. Debe conservar su capacidad de proyectar fuerza en Asia: de otro modo se alimentaría la creencia de los altos mandos chinos de que los Estados Unidos son una potencia en decadencia que puede empujarse a un lado. Debe decirse a su favor que el presidente Obama ha intentado disminuir las tensiones sobre Taiwan y ha dejado claro que no quiere contener a China (y mucho menos rodearla como temen los nacionalistas chinos). Estados Unidos debe resistir la tentación de transformar cada tema de seguridad en una prueba de la buena fe de China. Es natural que haya desacuerdos entre las superpotencias; y si China no puede reivindicar sus propios intereses en el contexto del orden mundial liberal, se volverá más difícil y potencialmente beligerante. En ese caso las cosas podrían ponerse realmente feas.

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